sábado, 29 de mayo de 2010

EL ÁNGEL ROJO

CAPÍTULO I: Pesadillas y visiones

El sueño era siempre igual.

Todo era negro, delante tenía una placa de piedra que flotaba en el aire, o al menos eso parecía. En la piedra había algo grabado, seguramente un texto, pero estaba en un lenguaje que él no comprendía. De repente, desde la oscuridad empezó a hablar una voz femenina, lo que decía parecía ser la traducción del texto:

-El elegido,... el héroe,... el Ángel Rojo, será el niño que tendrá los ojos felinos bicolor, el iris derecho será azul y el izquierdo amarillo. El Ángel Rojo vencerá a... -se entrecortó y no lo pudo oír-, acabará con su reinado de terror. El Ángel Rojo tendrá el poder del fuego, el ardiente fuego del infierno y el fuego purificador de Dios. Pero su poder no llega solamente hasta ahí, no, ni por asomo, tendrá la fuerza y la potencia de un hombre lobo, la velocidad, la agilidad y la elegancia de los vampiros, la magia de los hechiceros y la resistencia al calor de los Vulcanos y la resistencia al frío de los Gélidos.

De repente, de la oscuridad salió un cuchillo, su empuñadura era negra como el carbón, en ella se veía una estrella que brillaba como ascuas en un fuego, su hoja brillaba, pero a su alrededor había como un aura de oscuridad.

Cruzó la oscuridad tan rápidamente que sólo le dio tiempo a alzar la vista, no le dio tiempo a apartarse y se le clavó en el pecho. De repente la voz femenina chilló:

-¡No…! – El sentido del oído se le fue y no pudo escuchar nada más.

Se desplomó en el suelo boca arriba, intentó pedir ayuda, pero sólo logró que le saliera sangre por la boca, su sabor era malísimo. Levantó un poco la cabeza para mirar el pecho, donde se le había clavado el cuchillo, para su sorpresa, el cuchillo había desaparecido y sólo quedaba una brecha por la que salía sangre y manchaba su camiseta negra.

Se le iba quitando el dolor lentamente, y se dijo: “Voy a morir, lo tengo asumido”. Por los bordes de los ojos la negrura se iba extendiendo.

Se incorporó de golpe con los ojos desorbitados, pero había algo raro que él no pudo ver: sus pupilas eran unas finas líneas en vertical, y sus iris eran uno de cada color, el derecho azul y el izquierdo amarillo.

Pero fue parpadear un par de veces y desaparecer este efecto, y sus pupilas se convirtieron en dos puntos dilatados y sus iris volvían a ser marrones.

El chico que se levantaba en la cama tenía el pelo negro algo revuelto y vestía un pijama azul oscuro. Giró la cabeza para comprobar que todo era igual en su habitación.

Su habitación era la propia de un chico de 17 años: en la pared había algún póster de David Craig o de Mika. En una estantería, que estaba sujeta a la pared, había unos treinta discos de música de diferentes cantantes. Había también un escritorio con un ordenador y, al lado, unos cuantos discos con programas para el ordenador. Al lado había una foto con tres personas: un niño que era él mismo, sólo que con 7 años, un hombre con bastante cabello cano pero con indicios de que, años atrás, fue negro;

Su aspecto físico era algo musculoso, ojos dulces y marrones, algunas arrugas le cruzaban la frente y por debajo de los ojos, no se podía ver qué ropa llevaba ya que la foto sólo ocupaba las caras de las persona. Era su padre, Joan Verlac. La última persona de la fotografía era una mujer (su madre, Victoria), tenía los ojos azules, pelo castaño, delgada y una dentadura bien formada.

En su mesita de noche había una lámpara y un marco de papel que ponía: “Te quiero Alex.” Era de su prima, Ester. Entonces, el chico que había en la cama, llamado Alex dijo con voz algo desesperada:

-¡Todas las noches la misma pesadilla! Hasta puedo acordarme de lo que dice esa chica invisible. – Entonces empezó a recitar lo que dijo la voz femenina que, supuestamente, era la traducción del texto que estaba tallado en la piedra, lo dijo con total exactitud.

-Pero, ¿por qué se parará cuando va a decir el nombre de la persona que quiere acabar con él?

Miró por la ventana, era de noche, un fuerte viento azotaba los árboles que estaban a la vista. Vio algo extraño, en la calle de enfrente, una figura alta, se distinguía en la soledad de la calle, llevaba una capucha. Alex se levantó rápidamente y casi se cae tropezando con las sábanas, abrió la ventana y miró a ver quién era esa persona, pero no la vio, miró por los alrededores pero no estaba, había desaparecido misteriosamente.

-¿Me lo habré imaginado? – Preguntó a la nada – Espero que sí.

Decidió irse a dormir.

Cuando se levantó con el pitido de su despertador, estaba sudando.

-Otra vez la misma pesadilla, - dijo Alex.

Se levantó como un rayo y se vistió con una camiseta, unos vaqueros y una sudadera negra con capucha.

-¡Alexander baja de una vez! – Gritó una voz femenina desde la planta baja.

-¡Ya voy mamá! – Respondió Alex.

Bajó por las escaleras, y llegó a un pasillo adornado con algunos cuadros. Se dirigió a la cocina, su madre – la misma mujer de la foto – estaba de pie delante de una encimera, con un delantal, se había puesto unas manoplas para quitar una olla que estaba llena hasta la mitad de agua hirviendo.

-Buenos días, mamá – dijo Alexander.

-Buenos días, ahí te he puesto el desayuno. En la mesa.

Había una mesa pequeña y redonda con una silla al lado. A la mesa le habían puesto un mantelito rojo a cuadros, y habían colocado un plato con un par de tostadas y un ColaCao.

Dio las gracias y se lanzó a por la comida. Necesitaba comida después de tantas pesadillas.

Engulló la primera tostada en menos de un minuto y bebió la mitad del ColaCao. Hizo lo mismo con la segunda tostada y se dio cuenta que su madre le miraba con expresión preocupada.

-¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? – le preguntó Alex.

-Nada, es solo que... ¿no deberías masticar un poco?

-No veo por qué.

-Estos días estás muy extraño,- se paró mirando a Alex que había decidido seguir el consejo de masticar un poco, pero lentamente. Alex le estaba mirando, con una atención que cualquier madre quiere de su hijo, - ¿Alexander?

-¿Sí?

-¿Tienes novia?

A Alex le sentó fatal esa pregunta. Se atragantó y empezó a golpearse el pecho con el puño.

-¡Alexander, bebe ya, por favor! – Gritó su madre.

Alex siguió el consejo y bebió. Cuando las cosas se calmaron dijo:

-Mamá, ¿cómo puedes decir eso?

-¿Es qué no tienes?

-No mamá, no – dijo Alex con voz apesadumbrada.

-Pues deberías tener ya.

Alex, que no quería seguir hablando del tema, dijo:

-¡Anda! Ya es la hora de ir al instituto.

Se cargó la mochila con gran agilidad, como el que lo hace día a día. Y se dirigió a la puerta corriendo. Salió a la calle y el aire frío y algo contaminado de Barcelona le azotó en la cara sin cuidado. Empezó a andar para salir de la calle.

-¡Pero si todavía queda media hora! – dijo su madre.

-Mejor así, ¿no? - dijo Alex mirando atrás y con una sonrisa. – Adiós.

-Adiós, - dijo su madre con un suspiro.


-Menudo nubarrón se acerca por allí, - se dijo Alex mirando al cielo.

Era verdad, el cielo gris de Barcelona, se tornaba negro más adelante de la posición de Alex.

Estaba en un pequeño puente que cruzaba un pequeño río pero lo bastante profundo como para que un niño de 10 años se hundiese dentro.

-Los tiempos cambian, - dijo una voz masculina.

Alex sobresaltado, giró la cabeza para ver quién era el que hablaba. Era un vagabundo. Este estaba en una especie de choza, fabricada con chapas bien colocadas y un trapo grande. En el interior había cartones cubriendo todas las paredes, el techo y el suelo.

El vagabundo no estaba mucho mejor que la casa. Tenía unos ojos cansados y barba espesa, tenía un gorro de pesca raído por el tiempo y cortado por algunas partes, vestía un largo abrigo marrón, demasiado largo para el vagabundo.

-Supongo que sí, - le dijo Alex.

-Pero he aquí la cuestión, ¿cambian para mal o para bien? Y… ¿quién lo cambiará? – preguntó el vagabundo.

-¿Los políticos? – preguntó Alex confundido.

El vagabundo empezó a mirarle con una mirada profunda. Al ratito empezó a reír y dijo:

-Creo que no, y además los políticos los cambiarían para mal. Pero yo sé quien puede cambiarlo, pero él deberá elegir cambiarlo para el bien o para el mal.

-¿Ah sí, y quien se supone que es?

El vagabundo se le quedó mirando con una sonrisa en los labios. Y así unos segundos que a Alex le parecieron horas, hasta que se dio cuenta de que el vagabundo se refería a él. “Este vagabundo está loco o borracho”, pensó Alex.

-Adiós, - le dijo Alex al vagabundo.

El vagabundo se limitó a agachar la cabeza. Alex siguió su camino por el puente y al llegar al final de éste, miró hacia atrás.

Vio una familia compuesta por un niño de unos siete años, un hombre de mediana edad y una mujer algo más joven que el hombre. Le recordó a cuando él, su padre y su madre formaban una familia unida, lo eran, al menos hasta el día del accidenten en el que murió su padre.

Pero esa familia le miraba extrañada, como si estuviera loco. Le dio por mirar a donde estaba el vagabundo, pero se sorprendió al ver que no estaba. Del vagabundo y su choza sólo quedaba un gato que le miraba, con unos ojos penetrantes y azules. Entonces, ¿había sufrido otra alucinación? O, ¿se estaba volviendo loco?

Entonces pensó en sus pesadillas y en lo que decía la voz femenina: ojos felinos, ¿se referiría a unos ojos como aquellos? Las pupilas del gato eran unas líneas negras.

Cayó en la cuenta que iba a llegar tarde al instituto. Pero durante todo el camino fue pensando en ello.

La familia observó cómo se iba Alex y cuando lo perdieron de vista, el niño dijo:

-¿Papá?

¿Qué quieres, hijo? – preguntó éste.

-¿Estaba ese chico hablando con el gato? – preguntó el niño.

-Me parece que sí, - respondió el padre.

-Pero es porque es su amigo, - dijo la madre.

-Entonces, ¿puedo tener un gato? – volvió a preguntar el niño emocionado.

El hombre empezó a reír y respondió:

-Ya veremos, ya veremos.

Carlos Trujillo Gómez. 6º

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